jueves, 13 de julio de 2017

LOS BIENES DEL MATRIMONIO






No todo lo que hay en la Suma Teológica de Santo Tomás es sólo para teólogos. Una de las perlas más accesibles y útiles, es su tratadito acerca de los bienes del matrimonio (Suplemento, q. 49).

Comienza diciendo: "Ningún hombre sabio debe experimentar menoscabo, si este no va compensa­do por un bien igual o mayor". Y, observa, el matrimonio trae apa­rejado consigo bienes y males. Quien se casa acepta sufrir éstos por alcanzar aquéllos.

Hasta esta frase todo el mun­do está de acuerdo. Pero de aquí en más, y asusta comprobarlo, entre lo que enseña Santo To­más, resumiendo toda la tradi­ción y buen sentido cristianos, y el sentir común de hoy, no sólo hay divergencia sino una exacta y total inversión. Los que para el Doctor de la Iglesia son males ahora se los llama bienes, y a los que declara bienes, males. Que­de claro que hablamos de los que se consideran católicos y sincera­mente quieren serlo.

Aunque debemos reconocer que tanto en los tiempos de mu­cha fe, como los de Santo Tomás, cuanto en los de mucha incredu­lidad, como hoy, muchos renun­cian al matrimonio (claro que ayer renunciaban antes de casar­se por entregarse a Dios, y hoy renuncian después, por entre­garse a... Dios sabe qué...). Sin embargo, tanto antes como aho­ra, la gran mayoría se sigue ca­sando. Y es curioso, porque a pesar de esa exacta inversión de valores, el saldo sigue conside­rándose positivo.

¿Cuáles son, según Santo Tomás, los males que trae apareja­do? Son dos. En primer lugar, un detrimento en la actividad espiritual del hombre, por la vehemencia de las pasiones propia del trato conyugal. Y en se­gundo lugar, la "tribulación de la carne", es decir, las preocupa­ciones y trabajos ocasionados por las necesidades temporales.

Pero estos males no peque­ños, se ven largamente supera­dos por tres grandes bienes: la prole, la fidelidad y el sacra­mento. Son los hijos, la prole, el primer y gran bien del matrimo­nio. Aquello en vista de lo cual Dios lo instituyó. El segundo bien es la fidelidad, por el que el hombre se une con una única mujer, y la mujer con un único hombre, teniendo uno en el otro un apoyo en el que podrán con­fiar. Y el tercer bien, sello sagra­do de los demás, es el sacramen­to, por el que el matrimonio se ve transformado por Dios en lazo indisoluble y fuente de santidad para toda la familia.

¿Y qué mueve hoy, en cam­bio, a muchos católicos a casar­se? Pues principalmente los sentimientos y la pasión, que para un cristiano pueden satisfa­cerse legítimamente sólo dentro del matrimonio. Y en segundo lugar, las conveniencias prácti­cas: que haya quien le barra el piso y le tenga lista la comida, quien le dé un techo y con qué hacer de comer. Y por estas razo­nes, como hombres sabios, aceptan la pesada carga de los pocos hijos que escapan a sus cuidados; el resignarse un poco sólo exteriormente al único cón­yuge; y someterse como un con­denado, a la cadena perpetua de la indisolubilidad.

Dijimos que comprobábamos con susto esta total inversión de lo que es el matrimonio. ¡Con terror!, habría que decir. Porque no se trata solamente de la pérdi­da de verdades de fe, lo que ya es gravísimo; sino de la corrupción misma de la razón natural, lo que es aún peor. Porque un incrédu­lo se puede convertir a Dios, ¡pero un insensato no!

Evidentemente, para creer es necesario no estar loco. Pero para la fe no basta el uso de razón, se hace necesario el uso correcto de la razón natural. Hay una estrecha y mutua relación entre la fe y el buen sentido de las cosas natu­rales: nuestra mente se eleva al conocimiento de los misterios divinos apoyada en comparacio­nes con las realidades naturales. Y la luz de esos misterios hace que comprendamos de un modo nuevo, mucho más pro­fundo, las verdades de las que partimos. Esta es la explica­ción teológica del gran sentido común de un buen cristiano, y de la dificultad de ser cristiano al que le falta sentido común.

No hacía falta la Revelación para saber que los hijos son la gran recompensa del matri­monio, que la fidelidad es un gran bien y la indisolubilidad es, al menos, necesaria. Pero sólo la luz divina del misterio de Cristo podía descubrir a los ojos del fiel la grandeza inmen­sa de esos bienes. "Grande es este sacramento" exclama San Pablo hablando del matrimo­nio, "mas yo lo digo en Cristo y la Iglesia" (Efesios 5,32). Sola­mente al dirigir la mirada al misterio de amor y de unión entre Cristo y su esposa la Iglesia, se puede sospechar la grandeza del matrimonio cristiano, ya que éste es como un reflejo o imagen de aquel otro Gran Misterio de fecundidad, de fidelidad y de santificación.

Misterio de fecundidad: Cristo dio toda su Sangre para hacer fecunda a la Iglesia, y la Iglesia ardió en deseos de darle hijos. En todos los pueblos los engendró, generosa, porque es Católica; y puesto que es Apos­tólica los dio a luz, incansable, en todos los tiempos. ¿Qué padres verdaderamente cristianos harán regateos aún con el último de sus hijos, cuando hasta tal punto los quiso Cristo?

Misterio de fidelidad: por­que fue toda su Sangre la que Cristo dio, y nada guardó sin dárselo, no hubo otra Iglesia que pudiera ser objeto de su amor. Por eso la Iglesia es Una, y con ojos para un único Señor. Es contemplando este amor único, exclusivo porque es total, que los esposos cristianos aprenden a amarse: "maridos, amad a vues­tras mujeres como Cristo amó a su Iglesia", "y como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres a sus maridos en todo" (Efesios 5,25- 24).

Misterio de santificación: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla" (ibid.). Es por su unión indisoluble a Cristo en la Cruz que la Iglesia es Santa, y fuente inagotable de santidad. Así el matrimonio cristiano, ele­vado a la dignidad de sacramen­to, es una de las siete fuentes que derraman entre los hombres la santidad que viene de la Cruz. Fuente de santidad en la medida en que es informado por la cari­dad y por el espíritu de sacrifi­cio.

Esposos católicos, en estos tiempos de confusión tan pro­funda y universal, deben di­rigir sus miradas a la Cruz, contemplar allí el misterio de la unión entre Cristo y la Igle­sia, para redescubrir la gran­deza del matrimonio cristia­no. El día de mañana sus hijos, teniendo en ustedes la fiel imagen de ese misterio de fe­cundidad, de fidelidad y de santificación, fácilmente com­prenderán porqué la Iglesia es Católica, Apostólica, Una y Santa.

Qué difícil le es compren­der a ese par de sobrevivientes del egoísmo de sus padres, que la Iglesia se desangre en las misiones. Qué difícil, cuando han visto separarse a los que fueron sus padres y echarse en brazos de extraños, entender que Cristo no puede repartir su amor a pedazos entre una multitud de sectas y religiones; y, por lo mismo, qué difícil des­cubrir que el ecumenismo conci­liar es una mentira. Qué difícil creer que sólo en la Iglesia se pueda nacer y crecer, que sea el único hogar de la vida de la gra­cia, cuando nunca sintieron, pobrecitos, el calor de una fami­lia.

P. Álvaro Calderón – Iesus Christus N° 21, Junio-Julio de 1992.